Conflictos familiares, falta de control y adaptación, además de pobreza extrema son el entorno de miles de futbolistas del país, algunos de ellos afectados por drogas e indisciplina.
Las sanciones disciplinarias a jugadores de la primera división del Campeonato de fútbol ecuatoriano registradas en el último mes, incluso antes del inicio de la competencia, reflejan los problemas sociales que acompañan a la mayoría de los protagonistas de esta disciplina deportiva y que, en muchos casos, afectan el rendimiento de los equipos.
Al menos el 30% de los niños y adolescentes que se preparan en las divisiones menores de algunos clubes de fútbol del país tienen, según refieren los mismos preparadores técnicos, algún conflicto personal.
En su mayoría, los equipos no cuentan con grupos de profesionales que los preparen psicológicamente y en valores. Los familiares de los jugadores se quejan de que los clubes solo miran al futbolista como negocio y no como seres humanos.
Tres jugadores suspendidos por drogas (Michael Arroyo y Miller Bolaños) e indisciplina (Armando Paredes) hablan sobre su forma de enfrentar estos conflictos y del porqué de su conducta.
El 30% de los niños y adolescentes que integran las divisiones menores de algunos de los clubes de fútbol del país tiene problemas familiares, de adaptación frente a la sociedad, de pobreza. En su mayoría, los equipos no cuentan con un grupo de profesionales. Los efectos se sienten porque hay jugadores suspendidos.
Casi un año después de haberse mudado a una casa nueva de Samanes 7, Michael Arroyo, con su esposa y su hija de un año, debió volver, hace dos semanas, a la vivienda de sus padres en Las Malvinas, sector suburbano del sur de Guayaquil. Debió ocupar el cuarto pequeño de la casa de bloque de dos plantas, donde vivió 18 años con sus tres hermanos, hasta que por sus dotes de buen futbolista ingresó, en el 2007, al primer equipo del club Sport Emelec, con un sueldo de $ 2.000 al mes y el pago de la residencia en Samanes.
La primera semana de enero, Arroyo, de 23 años, dejó el barrio residencial para volver al sector donde las calles están cubiertas de grandes pozas de agua y lodo, una zona peligrosa para la seguridad, según los moradores.
“Me cortaron hasta la luz porque Emelec no pagaba las planillas”, dice el futbolista, varias veces seleccionado juvenil de Ecuador y que enfrenta una etapa difícil desde el pasado 25 de septiembre. En esa fecha, la Comisión de Disciplina de la Federación Ecuatoriana de Fútbol lo suspendió por dos años al haber dado positivo en una prueba antidopaje. La sustancia hallada en su organismo fue marihuana.
El jugador, caracterizado, entre otros atributos técnicos, por driblar a sus rivales haciendo un movimiento de piernas conocido como la bicicleta, sobrevive ahora con el apoyo de su madre, Rosa Mina, quien labora como empleada doméstica, así como con el aporte de sus suegros.
Arroyo es ahora uno de los grandes ausentes del campeonato ecuatoriano de fútbol del 2008, que se inició hace una semana. Una suspensión similar enfrenta Miller Bolaños (18 años), otra promesa futbolística que ilusionó a miles con su juego en el Barcelona. Él también dio positivo en el control antidopaje por el consumo de cocaína.
Aunque no por drogas, Armando Paredes (24 años), ágil centrocampista, es otro de los que faltan en el torneo. Está suspendido por 30 días en el primer equipo de Emelec, por haber insultado y amenazado a su técnico, Juan Urquiza.
La realidad de los tres deportistas es tan solo una muestra de cómo el fútbol profesional ecuatoriano es afectado por los problemas que en la sociedad ecuatoriana son comunes. Hay otras decenas de deportistas que por el alcohol han tenido líos judiciales por accidentes de tránsito o agresiones. Es una voz de alarma que surge desde las canchas, adonde cada semana acuden miles de ecuatorianos.
“Hay un problema que es grave y no se ha podido solucionar, porque el dirigente del fútbol ecuatoriano es solo para el equipo profesional y no para las divisiones menores”, refiere Carlos Torres Garcés, director técnico del D. Azogues y a quien Michael Arroyo y Paredes lo tenían como su consejero cuando estaba en Emelec. El ex técnico de la Selección advierte que hay muchísmos otros casos. “Es más peligroso lo que viene que lo que se ha descubierto”, asegura.
Patricia de Saona, coordinadora de las divisiones menores de Emelec, afirma que lo que está pasando es una muestra de la descomposición social que hay en los hogares. “El problema es que para la dirigencia, las divisiones menores son la última rueda del coche. No gastan porque no ven frutos. Es un mal en todo el país”, menciona.
Esa alarma también la activa Juan Ramón Silva, técnico uruguayo que coordina las divisiones menores de Emelec, integradas por unos 300 chicos de entre 10 y 17 años. “La calle nos ha ido ganando a los que trabajamos en pedagogía o que buscamos que los jóvenes progresen. Lo peor es que nos vamos acostumbrando a eso”, dice.
Sin embargo, Patricio Cevallos, coordinador deportivo de El Nacional de Quito y psicólogo del club, no está de acuerdo totalmente. “La calle está ganando a quienes no tienen una planificación estratégica, psicosocial y de seguimiento a los chicos. Nosotros cuidamos al jugador desde que ingresa al club hasta que se retira”.
Denis Dau, planificador deportivo y director de los interbarriales de fútbol de Diario EL UNIVERSO, donde participan cada año más de 25 mil niños y jóvenes, considera que se trata de un problema universal que se da hasta en países desarrollados. “En el interbarrial inculcamos a los entrenadores para que a sus deportistas les orienten. El 60% de la responsabilidad de la formación está en los técnicos, que deben tener pedagogía y metodología para que el niño o el adolescente no caiga en vicios preliminares que luego se agravan en su madurez”, indica.
Pero Silva refiere que ha visto cuadros difíciles. “Cuando uno va a una casa a ver en qué colaborar, queda sorprendido porque falta todo. Uno, ante la impotencia, prefiere hacer como que no sabe, dar la espalda a los problemas, porque no se tiene la solución”, manifiesta.
Hay chicos que tienen dificultades no solo con la familia sino por su conducta, no saben convivir en grupo, son agresivos; otros no se alimentan, no viven con sus padres y no tienen plata ni para el bus, según Silva. En el caso de Emelec, en cada grupo de 30 jugadores por categoría, al menos 10 tienen problemas.
Antonio Noboa, presidente de la Comisión de Fútbol de Barcelona, coincide en que enfrentan los mismos problemas entre quienes entrenan en las divisiones menores de su equipo.
Una de las puntas del ovillo del problema se la aprecia, por ejemplo, en San Lorenzo, cantón del norte de Esmeraldas, donde el fútbol es visto por niños y jóvenes como la boya para no hundirse en la pobreza. En esta tierra nació Miller Bolaños y ha surgido una decena de jugadores profesionales, algunos seleccionados como Segundo Castillo (del Estrella Roja, de Serbia), Félix Borja (Mainz, de Alemania), Néicer Reascos (Sao Paulo, de Brasil).
Aquí la práctica es masiva. En cada calle se ve a grupos de chiquillos tras un balón mientras sus padres beben cerveza u otro licor en las aceras, especialmente los fines de semana. Al menos 300 niños, en cambio, asisten a las dos escuelas formativas, dirigidas por los ex futbolistas Iván Rojas y Vilder Chávez.
Ambos adiestradores dicen que laboran sin cobrar. Expresan que los padres de familia no tienen ni para la comida y peor para pagar porque su hijo se entrene; sin embargo, esperan cobrar dinero si es que el chico logra ingresar en algún equipo. Ahí surgen los líos por su comportamiento individual.
“El muchacho de aquí es caliente por descendencia; le gusta el baile y la farra, no hay disciplina. Lo lamentable es que aquí no existe control familiar, un chico de 14 años es un desorden”, dice Rojas, quien entre los sesenta y setenta jugó en El Nacional, Everest y otros clubes.
Por buscar un club, el menor va a casas de conocidos y por falta de control y no adaptación termina en las drogas y alcoholismo, según Rojas, quien enfoca su crítica hacia los equipos profesionales. “El problema es que no hay club en el país que cuide al chico. Aquí les aconsejamos, pero eso no es todo”, afirma.
A excepción de El Nacional, LDU de Quito y, en menor escala, Deportivo Quito, el resto de clubes de primera categoría no tiene un cuerpo de profesionales que trabaje con las divisiones menores. Peor infraestructura para alojarlos y darles acceso a la educación.
“Primero estamos formando un grupo, porque todo estaba a la deriva. Los chicos estaban sin ningún control, sin cariño y amor”, afirma Eduardo El Ñato García, presidente de la Comisión de Fútbol de Emelec, que inició su periodo en diciembre. “Vamos a hacerlo, tenemos la intención”, explica el dirigente y afirma que se está llegando a un acuerdo con Michael Arroyo, a quien incluso se lo internaría en una clínica. “No solo es el tema económico, sino su salud. Tenemos fe que vamos a recuperarlo como jugador y persona”, dice.
Antonio Noboa, del Barcelona, también afirma que el directorio actual, en funciones hace dos meses y medio, “está tomando ciertas medidas”. Señala: “No se podrá hacer en un año. Hay un departamento médico con nutricionistas y un psicólogo para controlar eso de las drogas. Va a ser un proceso lento”. Sobre Miller Bolaños explica que recién en enero firmó contrato con el club por cuatro años y se lo está sometiendo a un proceso de recuperación. “Hay que entrar en la parte humana, tratar la enfermedad. Si recae termina su carrera de futbolista. Se está haciendo un trabajo especial hasta con su familia”, añade Noboa.
En el país, el ejemplo a seguir es El Nacional, según entrenadores y dirigentes. En su complejo deportivo de Tumbaco, esta institución cuenta con un espacio para 80 jugadores juveniles de escasos recursos o de otras ciudades. Les dan alimentación, equipos y estudios. Posee además un fisioterapeuta, traumatólogos, deportólogos, psicólogos, dietistas. “Estamos a la cabeza de la formación”, menciona el psicólogo Cevallos.
Ahora solo queda esperar del resto de clubes. Eso dice Walter Sper, tío y representante de Michael Arroyo: “En este país el dirigente ve al jugador como un negocio y mientras más rápido salga mejor, pero no hacen nada por el ser humano”.